EL SONIDO DEL SILENCIO
A los 48 minutos, gol de Brasil: Friaca. La cohetería estremece el Maracaná. El estruendo y los gritos de ¡Brasil! ¡Brasil!. A los 66 minutos, centro atrás de Ghiggia y Schiaffino clava el 1 a 1. ¿Sorpresa? No, con el empate Brasil sigue siendo campeón. A los 79 minutos Ghiggia vuelve a escapar a la marca de Bigode, pero esta vez en lugar de tirar un centro elige el remate al arco. Le pega centro elige el remate al arco. Le pega fuerte y al primer palo. ¡Gol! ¡Gol! Uruguayo! 2 a 1. ¿ Y ahora? Terminó el partido y once Uruguayos han enmudecido a 200 mil brasileños.


En el medio de la cancha un viejito es empujado de un lado a otro. No entiende nada, Bajó del palco de autoridades para ir hacia la cancha y entregarle la copa que lleva en sus manos al capitán de Brasil. Pero allí las únicas camisetas que ve son todas celestes. Y el público no gritaba: llora. ¿Que había pasado? Cunado abandonó el palco, el partido estaba empatado y los brsileños
eran los campeones. Mientras hacía su recorrido por el largo túnel que lo conducía hacia el campo de juego, se había producido el segundo gol uruguayo. Un remate y un gol habían cambiado la historia. "Me hallé solo, con la Copa en mis brazos y sin saber qué hacer. Terminé por descubrir el capitán uruguayo, Obdulio Varela, y se la entregué casi a escondidas, estrechándole la mano sin poder decirle una sola palabra", confesaría después el francés Jules Rimet, presidente de la FIFA.

EL MARACANAZO Y LA LEYENDA
Aquella tarde del 16 de julio de 1950 fueron 203.567 los aficionados que llenaron un estadio concebido para albergar a un máximo de 183.354 personas. No hubo ni habrá seguramente, una definición de Copa del Mundo que haya sido acompañada de un silencio tan grande. Antes y después los protagonistas pronunciaron frases. Algunas entraron en la historia. Otras alimentaron la leyenda, como queriendo explicar lo inexplicable.
"Los Uruguayos toman todos juntos" (De Obdulio Varela a sus compañeros cuando los sorprendió en la mesa de un bar mientras Matías González -con quien estaban enemistados- lo hacían en la barra).

"Los de afuera son de Palo" (De Schubert Gambetta cuando Míguez contó que el dirigente Jacobo le dijo: "Traten de no comorse seis, con cuatro estamos cumplidos".
"Cumplidos sólo si ganamos la Copa" (Reacción de Obdulio Varela al conocer el prensamiento del doctor Jacobo)
"Ninguno de nosotros pensó jamás que Uruguay pudiera ganarnos. Nos parecía que se conformaban con el segundo puesto.! (De Adhenir, centrodelantero de Brasil y goleador del mundial con 7 goles, dos más que el español Bassora y el Uruguayo Schiaffino).
El paso de los años apaciguó fervores pero no logró restañar las heridas.

"Ganamos porque ganamos, nada más. Brasil era una máquina: nos llenaron a pelotazos. Metaselo en la cabeza: jugamos cien veces y sólo ganamos ésa", fue la sincera confesión de Obdulio Varela.
Chico, el puntero izquierdo de Brasil, sostenía treinta años después: "No siempre ganan los mejores". Y cuando lo decía, a pesar de los treinta años después. "No siempre ganan los mejores". Y cuando lo decía, a pesar de los treinta años transcurridos, se le escapaba una lágrima. Brasil, que había hecho todo, se quedó sólo con eso, con las lágrimas. Uruguay con la Copa, la leyenda, el mito y la gloria. Pero que fue lo que pasó durante esa Copa, Copa Mundial de la Fifa Brasil 1950?
Si alguien quisiera hacer una lista de las mayores sorpresas en la historia del fútbol, vendrían a la mente varios resultados asombrosos: la eliminación de Italia a manos de Corea del Norte en el Mundial del 66 (con gol de Pak, un dentista de Pyongyang que practicaba el fútbol en sus ratos libres), la derrota de Argentina frente al por ese entonces debutante Camerún en el partido inaugural de Italia 90, la consagración de Grecia como campeón de la Eurocopa 2004... Pero hay un hecho que dejó su marca en la vida de este maravilloso deporte: el Maracanazo de 1950.



El flamante estadio Maracaná de Río de Janeiro
LA CONFIANZA BRASILERA.
Brasil y Uruguay disputaron aquella final de la Copa del Mundo el 16 de junio de 1950 en el Maracaná. El dueño de casa estrenaba el estadio más grande del mundo. Brasil era una fija, la final era una fiesta. Todo estaba dado: por el sistema de liguilla utilizado para la fase final de aquel torneo, los brasileños se consagraban campeones con tan sólo un empate. Los jugadores brasileños, que venían aplastando a todos sus rivales de goleada en goleada, recibieron en la víspera, relojes de oro que al dorso decían: Para los campeones del mundo. A la salida del estadio se encontraban once limusinas listas para llevar a cada uno de los jugadores brasileños a sus hogares.
Poster triunfalista previo a la final
Los principales diarios de Brasil ya tenían sus primeras planas impresas, las carrozas estaban preparadas para encabezar el carnaval de los festejos y ya se habían vendido más de 500.000 camisetas con la inscripción de: “Brasil Campeao 1950”, el estadio se encontraba decorado con pancartas que decían: “Homenaje a los Campeones del Mundo”, además la Casa de la Moneda había acuñado monedas conmemorativas con los nombres de los jugadores brasileños, la banda de músicos presente en el estadio, quienes al finalizar el cotejo debían tocar el himno del ganador, no tenían la partitura del Himno Uruguayo.
Incluso el mismo presidente de la F.I.F.A., Jules Rimet, que estaba convencido del triunfo local, en el bolsillo derecho de su saco llevaba un discurso en homenaje a los campeones brasileños, escrito en portugués. Ya todo un país celebraba aquella victoria inevitable.
Portada de un diario brasileño del día previo a la final

EL MARCO.
El marco para aquel gran partido fue uno de los más importantes que se hayan visto. A pesar de que la capacidad real del flamante Maracaná era de 184.000 personas, asistieron aquel día exactamente 203.849 espectadores, de los cuales solamente unos 100 eran uruguayos. El público había comenzado a ingresar al estadio 8 horas antes del inicio del encuentro. Todos querían asegurarse un lugar en aquel glorioso día.

Roque Máspoli, integrante del seleccionado visitante, recuerda algunas de las hostilidades recibidas por la “torcida” brasileña: “Llegamos al Maracaná al mediodía. Y nos habían acercado unos colchones para descansar hasta la hora del partido. Pero el estadio no estaba totalmente terminado, y por algunos huecos en las paredes del vestuario nos molestaban tirando petardos. Parecía que era la guerra y nosotros esquivábamos las granadas”.

EL VESTUARIO VISITANTE.
Ante la espectacular campaña realizada por el local, los dirigentes uruguayos le pidieron a los jugadores que aunque sea traten de perder por poco para evitar el papelón y que con ese pedido ya estaban hechos. Más precisamente les dijeron: “Guante blanco (en señal de juego limpio o nuestro Fair Play), ya estamos cumplidos con haber llegado y poder jugar la final”, a lo queObdulio Varela concluyó con una arenga a sus compañeros diciéndoles: ”No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada... nunca pasó nada”.
El dirigente uruguayo Jacobo, le recomendó especialmente al defensor “cotorra” Míguez que: “Traten de no comerse seis, con cuatro estamos cumplidos”, a lo que su compañero Schubert Gambetta respondió: “Los de afuera son de palo”. Y el mediocampista Obdulio Varela les respondió a los dirigentes: “Hechos un carajo, hechos solamente si ganamos...si entramos vencidos es mejor ni salir al campo de juego. No vamos a perder ese partido, y si lo hacemos no será por cuatro goles”.
Antes de comenzado el partido, el arquero uruguayo Roque Máspoli, le realizó un expreso pedido al director técnico de su país, Juan López: “Los defensores nuestros deben apretar bien a los punteros de Brasil, para que no tiren centros”. A lo que el entrenador respondió con la única indicación de la corta charla técnica: “Bueno muchachos, ahora un huevo en cada zapato y vamos para arriba”.
Todavía en los vestuarios, Obdulio Varela juntó a sus compañeros y los aconsejó: “Muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba, así que nada de esquemas conservadores. Vamos a salir a ganar al partido”.
Una vez en el campo de juego, todos los fotógrafos retrataban al seleccionado local, así que Eusebio Tejera, con un dejo de clarividencia les gritó: “¡Vengan para acá, que el campeón está acá!”.

EL PARTIDO

ALINEACIONES. Uruguay:Máspoli, González, Tejera, Gambetta, Varela, Andrade, Gigghia, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán.Brasil: Barbosa, Augusto, Danilo, Juvenal, Bauer, Bigode, Friaca, Zizinho, Ademir, Jair y Chico.



Cuando el colegiado inglés Reader da el pitido inicial, el equipo carioca se lanza en tromba sobre la meta de Máspoli, que resiste duramente la primera acometida. El zaguero Matías echa el cierre, Obdulio se convierte en la sombra de Ademir y poco a poco el fútbol plomizo y aparentemente cansino de los uruguayos, lleno de técnica y sentido de la pausa, aquieta el ímpetu brasileño. La multitud ruge incómoda, pues los encuentros anteriores habían sido resueltos por la vía rápida para dejar paso al arte y la exhibición. Hoy, ni Bauer ni Jair se ven capaces de llevar la manija, Zizinho está desaparecido y el equipo da sensación de impotencia. No hay goles cuando los jugadores se retiran... preocupados los locales, más sonriente el combinado charrúa.
Comienza el segundo tiempo con el mismo aspecto que el primero, con la canarinha volcada sobre el portal uruguayo, y a los pocos minutos un toque de balón de Jair habilita al extremo Friaca, que cruza la pelota magistralmente para convertir el primer gol y hacer estallar el carnaval en el Maracaná. Todo el cielo se llenó de pirotecnia. El ritmo de zamba y gritos de gol era lo único que se escuchaba en el país mas grande de Sudamérica.

OBDULIO VARELA, EL GRAN NEGRO JEFE.
Cuenta la leyenda, que incluso tendría que figurar en los libros de historia, que luego del gol brasileño convertido por Friaca en la final del mundo, Obdulio recorrió los treinta metros que lo separaban de la pelota, la cual descansaba en el fondo de la red, a paso lento pero firme. Una vez que llegó hasta ella, la tomó con sus brazos y la colocó bajo su axila derecha, y de ésta forma, y con el mismo andar de antes, fue a reclamarle un off-side inexistente al juez de línea. De esa forma llevó el balón hasta el centro de la cancha. Mientras el capitán se acercaba al centro del campo de juego, los 200.000 espectadores dejaron de mirar al goleador local y fueron callándose poco a poco hasta enmudecer por completo cuando Varela depositó la pelota en el centro del estadio. En ese momento llamó al árbitro y pidió un traductor. Discutió la posición adelantada durante varios minutos.
De ésta forma logró el objetivo de enfriar el partido. Además, en ese preciso instante, sin ningún tipo de arengas, le inoculó a sus diez compañeros una inyección de ánimo, y a partir de ese momento se empezó a gestar la levantada uruguaya al grito de:“¡¡Ahora sí, vamos a ganar el partido!!”.

URUGUAY # 10 FORLAN SOCCER JERSEY SIZE XL.NEWLuego, Obdulio recordaría: “...Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego, si no lo aquietábamos, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés. Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos pueden ganar nunca, los nervios nuestros se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil”.

LA HAZANA CHARRÚA.
Cuando tras cuatro minutos se reanudó el choque, ya no quedaban restos de la euforia y el momento mágico había pasado.
Son veinte minutos en los que los uruguayos imponen su ritmo, y, paradójicamente, sienten que Brasil no es inabordable. Morán y Míguez estiran el campo, Bigode sufre con Gigghia y Schiaffino empieza a sacudirse el marcaje de Danilo. Y finalmente, llega lo que el silencioso estadio ya prefiguraba: Gigghia gambetea en córner y cede atrás para que el Pepe Schiaffino enganche un cañonazo que limpia la escuadra de Barbosa e iguala la contienda. Igualmente, empatando Brasil se coronaba campeón ya que tenía a su favor una diferencia de puntos y goles.

Pero los amarillos estaban sucumbiendo ante el poderío físico de Uruguay, que notaba el haber jugado una fase previa de un solo partido ante un rival insignificante (8-0 a Bolivia) frente a tres de los brasileños. Sin embargo, todavía tenían resto los locales para una oleada agónica que les llevó a disfrutar de varios córners consecutivos, todos desperdiciados.
Era la última oportunidad en un partido cuyo destino ya era visible. Y así, cuando sólo faltaban once minutos para finalizar el cotejo, el Negro Varela le da la bola a Alcides Edgardo Gigghia, quien le gana la carrera al defensor carioca Bigode, distrae a Barbosa preparando un centro ficticio, y saca un lanzamiento seco y criminal que pasa entre el poste y el arquero y se va a la red, otorgando el campeonato mundial a Uruguay, que terminó ganando 2 a 1. Así lo recordaba el propio autor: “...me fui derecho al arco con poco ángulo. Cuando un back me salía a cruzar y Barbosa se abría para cortar el centro, tiré al arco y entró. Barbosa hizo la lógica y yo la ilógica...”. Uruguay se había impuesto limpiamente: la selección uruguaya cometió en total 11 faltas y la brasileña, 21.

Ghiggia anota el gol que le daría el triunfo a Uruguay
Cuando llegó el gol de Ghiggia, estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del fútbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el oficio de relator de fútbol.
Estaba a punto de finalizar el partido, Brasil atacaba con todo lo que tenía. El delantero Friaza envía un centro desde la derecha al arco charrúa, la pelota cae por el segundo palo y antes de que el guardameta la pueda contener, debido a la ilegal carga de un delantero de Brasil, el volante Schubert Gambetta toma el balón con ambas manos ante la recriminación de casi todos sus compañeros. Él sólo atinó a decirles entre lágrimas: “Terminó, terminó”.
Última jugada del partido, segundos antes del pitazo final
El Negro Varela celebra el triunfo












DESPUÉS DEL PITASO FINAL.

Jules Rimet descendió al campo de juego con la Copa del Mundo que llevaba su nombre en sus manos. Por allí deambulaba perdido, sin rumbo, en un mar de periodistas, fotógrafos, hinchas, jugadores brasileños. En el bolsillo, tenía el discurso que había escrito en homenaje al campeón local. Hasta estuvo a punto de darle el trofeo al capitán brasileño, ya que no estaba enterado del segundo tanto charrúa, pero Obdulio “El Negro Jefe” Varela, advirtió el desconcierto y salió corriendo a arrebatársela de las manos.

La banda de música que tocaría el himno brasileño (seguro vencedor) y el podio no habían sido preparados y hasta los policías de custodia que acompañarían a Jules desde el campo al podio estaban llorando.
Aunque, años más tarde, recordando ese momento de desconcierto, don Jules dijo: “...Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo... ”.
Obdulio Varela recibe el trofeo de manos de Jules Rimet








EL DÍA MÁS TRISTE DE LA SELECCIÓN DE BRASIL.
El pueblo carioca se sumió en la mayor congoja colectiva que se tenga memoria provocada por un hecho deportivo. La gente deambulaba por Río de Janeiro en silencio, otros lloraban sin encontrar consuelo.

Por un día Brasil se vistió de luto, las enormes fiestas populares programadas se suspendieron y la alegría seguro que no fue brasileña.
Los comentaristas deportivos calificaron aquel partido como “La peor tragedia de la historia de Brasil”. Al día siguiente un diario tituló “Nuestro Hiroshima”.
El periodista brasileño Mario Filho, ideólogo del Maracaná, escribió en su columna: “La ciudad cerró sus ventanas, se sumergió en el luto. Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad. Por eso, muchos juraron aquel 16 de junio no volver nunca más a un estadio de fútbol.
Mientras tanto, el diario Clarín de Argentina titulaba: “La derrota por 2 a 1 en el Maracaná provocó hasta suicidios”.


Tan grande fue la tristeza brasileña que por dos años su seleccionado de fútbol no volvió a disputar un partido internacional. Incluso, a partir de ese momento, dejó de utilizar su tradicional conjunto de medias, pantalón y camiseta blanca con puños y cuello azul, el cual venía usando desde sus comienzos.

LA VIDA DESPUÉS DEL MARACANAZO.
Una vez finalizado el cotejo, los periodistas acosaron al artífice de la jornada, preguntándole como había ocurrido el triunfo de Uruguay sobre Brasil. Obdulio pensó la respuesta unos segundos, meneando la cabeza, y con voz firme respondió: “Fue casualidad”. Inmediatamente después le quisieron sacar una foto, entonces él se puso de espaldas. El mismo Obdulio ampliaría su declaración a los tres días del partido: “Ganamos porque ganamos, nada más. Brasil era una máquina: nos llenaron a pelotazos. Métanselo en la cabeza: jugamos cien veces y sólo ganamos esa...La casualidad nos dio el triunfo”.

Obdulio pasó la noche de la coronación bebiendo cerveza de bar en bar (mientras que varios de sus compañeros tenían miedo de que los mataran al salir), abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro, y negándose a festejar el triunfo con los hipócritas dirigentes uruguayos. Al día siguiente, en Montevideo, huyó de los hinchas y periodistas que los estaban esperando con un gigantesco cartel luminoso con su nombre. Se colocó un impermeable con la solapa levantada, anteojos oscuros, un sombrero y desapareció entre la multitud. Nunca más aceptó hablar en un reportaje sobre aquella final del ´50.

Mientras Obdulio Varela vistió la camiseta de la selección uruguaya en un Mundial, ésta nunca cayó derrotada.

Julio Pérez, integrante de aquel seleccionado uruguayo recordaba: “Los cronistas se dejaban impresionar por las goleadas de Brasil, pero no se daban cuenta que los rivales se achicaban. Y no era para menos. La tribuna, la multitud, y todas esas cosas que pesaron en el ánimo de los españoles y los suecos, permitieron las goleadas. Pero eso con nosotros no camina. El equipo nuestro jugaba bien y estaba integrado por hombres”.


Skoglund, jugador sueco, recuerda aquel partido contra Brasil: “Cada vez que tocaba el balón, explotaban petardos a mi alrededor. Era como un campo minado”.
También Oscar Omar Míguez rememora: “¿Por qué nos iban a ganar?, ¿quiénes eran?. Nosotros nos teníamos confianza. Si usted entra sugestionado es peor...Ese campeonato no se perdía...Estaba escrito que ese día ganaríamos. No temíamos ni a Dios ni al Diablo. Si Máspoli hubiese jugado de delantero, hacía dos goles, y si yo hubiera ido al arco, atajaba dos penales”.

A la hora de regresar a su patria, el avión no despegaba porque había exceso de peso, entonces Obdulio se paró delante de los pasajeros hasta que individualizó a uno de los dirigentes que los había subestimado y le gritó: “¡Usted, abajo!”, a lo que el dirigente respondió descendiendo del avión con su mujer y su pequeño hijo.
El premio que recibió Obdulio Varela por ganar la copa del mundo, le alcanzó para comprar un Ford usado del ´31, que le robaron a la semana siguiente. Pero el reconocimiento más importante lo recibió 69 años más tarde, cuando fue elegido comoel deportista uruguayo más importante del siglo XX. “El negro jefe” murió pobre. El gobierno se encargó de todos los gastos de su muerte, pero nunca se encargó de su vida.

Los dirigentes del fútbol uruguayo, quienes antes de comenzado el partido se conformaban con perder por menos de cuatro goles, como recompensa por haber logrado la copa del mundo, se otorgaron a sí mismos medallas de oro, mientras que los jugadores se tuvieron que conformar con unas de plata y algún dinero.

INMERECIDO DESPRECIO.
El centrodelantero brasileño Ademir Menezes, declararía horas más tarde: “Ninguno de nosotros pensó jamás que Uruguay pudiera ganarnos. Nos parecía que se conformaban con el segundo puesto”. Aquel buen jugador, goleador del torneo con nueve tantos, no sólo nunca tuvo un homenaje ni una sola mención, sino que inmediatamente finalizado el torneo, fue condenado a un ostracismo futbolístico, al igual que la mayoría de aquel conjunto carioca.

Ademir Menezes, delantero de la selección brasileña
Para el arquero de Brasil, Moacyr Barbosa, quien tuvo una intervención poco feliz en el segundo gol uruguayo, la vida dio un giro de 360 grados, y se convirtió de un día para otro en un verdadero infierno.
Bastaba que ingresara a un bar cualquiera en Brasil, para que todos los clientes del mismo huyeran como si hubieran visto a un fantasma. Sobre ésta y otras reacciones que tuvo el pueblo brasileño, recordaba el guardameta: “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

También recordó en su momento el hecho más triste de su condena futbolística: “Fue una tarde de los años ochenta en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba mientras le decía en voz alta a su pequeño niño: “Mirá hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.
Moacyr Barbosa, trabajó durante más de veinte años en el lugar que le dio el mayor disgusto futbolístico: se desempeño en la intendencia del Maracaná. Y de premio a su excelente labor y debido a que se avecinaba una gran remodelación en el estadio, su administrador le ofreció los dos palos y el travesaño del fatídico arco, regalo que no despreció. Convocó a sus amigos, y ante tanta expectativa creada, con un bidón de nafta y un encendedor decidió eliminar al testigo más cercano de aquella olvidable tarde. De esa forma, el arquero pensó que podría exorcisarse del mote de “mufa” que le endilgaron algunos, pero no fue así.

En 1993, fue echado de la concentración de la selección brasileña, por el entonces ayudante del técnico Mario “Lobo” Zagallo, adonde había ido para desearle suerte a los jugadores que luego se consagraría en el Mundial del 94.

Moacyr Barbosa, arquero de Brasil en el Mundial de 1950
Poco antes de morir, dijo desconsolado: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por un matar a alguien es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado. La gente todavía dice que soy el culpable”.
Otra frase que se le escuchó en sus últimos días fue: “No fue culpa mía, éramos once”.
Barbosa falleció el 7 de abril del 2000, aislado y pobre. Quien fuera (a pesar de la mala intervención en el segundo tanto charrúa) uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil, murió en la pobreza y el olvido. A su entierro asistieron 50 personas, entre familiares y amigos. Ninguna figura se hizo presente, ningún dirigente del fútbol carioca estuvo despidiéndolo.
Al día siguiente uno de los diarios más importantes de Brasil sintetizó la vida del guardameta en el título. Allí se podía leer: “La Segunda Muerte de Barbosa”.


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